Opinión

Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña

Radio Nicaragua 1 de septiembre de 2026

Stalin Vladímir

Con el inicio de septiembre, Nicaragua celebra el Mes Patrio y recuerda a los hombres y mujeres que forman parte de su historia, entre ellos Rubén Darío, cuya palabra conserva vigencia 110 años después de su muerte en León, ocurrida el 6 de febrero de 1916, y a pocos meses de que se conmemoren los 160 años de su nacimiento, el próximo 18 de enero. Reconocido como Héroe Nacional, nació en una patria pequeña en territorio y desde ella emprendió un camino que lo llevó por América y Europa, donde su poesía alcanzó dimensión universal mientras llevaba consigo el nombre de la tierra que lo vio nacer.

Desde sus primeros escritos, Rubén dejó ver el apego que sentía por la tierra donde creció, rodeado de lugares y vivencias que fueron alimentando ese sentimiento mientras transcurrían los años de su infancia. En sus páginas habló de Nicaragua como madre y evocó los lagos, los volcanes, el trópico, las calles de León, la Catedral y la casa en que aprendió a leer; esos espacios formaron parte de aquella etapa y siguieron presentes durante su larga ausencia. Después de quince años regresó con el deseo de reencontrarse con su tierra natal, sus gentes y cuanto había conocido durante la niñez y la juventud, luego de haber vivido en grandes capitales y recorrido buena parte del mundo sin olvidar el lugar donde comenzó su historia y había dejado su ombligo.

Aquel regreso se concretó en 1907 y puso nuevamente a Darío frente a un país sobre el cual había pensado durante sus años en el extranjero, pero esta vez quiso hablarles especialmente a los jóvenes y transmitirles que el tamaño de una nación no determinaba la grandeza que podían alcanzar sus hijos, una certeza que llevó a sus versos cuando escribió “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña” y que completó al decir que sus ilusiones, deseos y esperanzas le señalaban que no había patria pequeña, una manera de pensar que se había fortalecido con todo cuanto conoció fuera de sus fronteras y con la certeza de hasta dónde podía llegar un nicaragüense. Con ese sentir escribió “Retorno”, poema en el que contó lo que significaba volver al suelo que años atrás lo había visto partir.

En “Retorno”, Rubén Darío habló de un “pueblo vibrante, fuerte, apasionado, altivo”, consciente de estar vivo y dispuesto a reunir sus energías para presentar “el acero de guerra o el olivo de paz”, palabras con las que llevó su canto desde el sentir por la tierra natal hasta el carácter de quienes la habitaban. En esos mismos versos apareció León, la ciudad de su infancia y de sus primeros pasos en la literatura, a la que después de conocer grandes capitales puso al nivel de cualquiera de ellas cuando escribió “Y León es hoy a mí como Roma o París”, una declaración que reunió en una sola línea el vínculo que conservaba con la ciudad desde la cual había comenzado su camino y el orgullo con que hablaba de su patria.

El poeta también acudió a la historia para hablar de la defensa de la soberanía y recordó la derrota de William Walker como una victoria de los pueblos centroamericanos frente al filibusterismo, un episodio que llegó a considerar una segunda independencia para Nicaragua. En sus escritos relató el terror impuesto por Walker, el fusilamiento de nicaragüenses y el incendio de Granada, hechos que acompañó con su rechazo a cualquier pretensión extranjera de apoderarse del territorio. Esa defensa de la nación estuvo presente en distintas etapas de su obra y cobró mayor fuerza cuando advirtió sobre nuevos peligros que podían comprometer la libertad de los nicaragüenses para decidir su propio destino.

Desde esa defensa de la soberanía, su palabra alcanzó también a la América española y en “A Roosevelt” señaló directamente al poder imperial de Estados Unidos, representado entonces por el presidente Theodore Roosevelt, a quien advirtió sobre las pretensiones expansionistas de su país cuando escribió: “Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena”. Frente a esa amenaza habló desde un continente definido por sus raíces, su lengua, su historia y su cultura, aquel que, según sus versos, “vive. Y sueña. Y ama. Y vibra”. Su voz nica se hizo escuchar así más allá de las fronteras y llevó esa denuncia a otros pueblos que también defendían su independencia, mientras continuaba llevando consigo el nombre de la nación nicaragüense cada vez que escribía, viajaba o hablaba ante públicos de otras partes del mundo.

Al hablar de su patria, el poeta dejó una frase que resume con claridad el lugar que esta ocupó a lo largo de su vida: “Yo he luchado y he vivido, no por los Gobiernos, sino por la Patria”. Así habló quien llevó el nombre de Nicaragua por distintos países mientras ejercía la diplomacia y desarrollaba una obra que alcanzó reconocimiento fuera de sus fronteras, sin desprenderse de sus raíces ni de los asuntos que afectaban a su pueblo. Aquella relación permaneció hasta sus últimos años y acompañó al hombre que, después de abrirse paso por otras tierras, volvió finalmente a León, la ciudad en la que había crecido y donde terminó su vida.

Esa relación entre Rubén y la nación que lo vio nacer ha sido exaltada también por nuestra poeta, la Copresidenta Compañera Rosario Murillo, quien desde su cercanía con las letras lo ha definido como “el Enorme, el Infinito, el Grande, el Nuestro” y ha dicho que “es Integrador, es Identidad Nacional, es Cultura y Verdad, es Milagro, es Portento, es Prodigio… Es Nicaragua”, al referirse a una figura capaz de reunir a los nicaragüenses más allá de sus diferencias. La Compañera Rosario también ha puesto esa grandeza en relación con el camino que llevó al Príncipe de las Letras Castellanas desde Chocoyo, Metapa, Ciudad Darío y León hacia el mundo, proclamando la paz y transformando la literatura y la cultura, mientras desde su patria salían, como ella misma los describió, mensajes liberadores, poderosos y potentes de “un País que vibra, que sueña, que ama, que sabe de Luchas, que sabe de Honor, y que privilegia la Paz y el Bien”. Esa dimensión alcanza igualmente las luchas soberanas, pues al hablar de su poesía la Copresidenta la ha relacionado con “la patria bendita” y con la dignidad de ser, “el nunca agacharse, el nunca arrodillarse”, manteniendo siempre “el brillo y la hidalguía de vivir como alma grande”, al tiempo que lo ha llamado “inmortal entre los inmortales” y ha expresado la gloria que representa para Nicaragua haber dado al mundo a Rubén Darío. En sus palabras aparece además un Darío “vivo, presente”, cuya fuerza continúa formando parte de la identidad nacional, unido a una Nicaragua hecha para la libertad, la humanidad, la solidaridad y la hermandad; de ahí que también lo haya descrito como “infinito, eterno, inmortal” y haya enlazado su figura con un pueblo que reclama su derecho a vivir en paz, tranquilo y seguro, dentro de una patria “siempre soberana, siempre bendecida, siempre libre, siempre digna”, expresó la Copresidenta Compañera Rosario Murillo.

Entre todo cuanto Rubén Darío dejó escrito sobre su tierra, hay un verso que resume ese profundo sentimiento de patria y que, más de un siglo después, permanece unido a su nombre: “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”.

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