Opinión

La identidad del sandinismo

Radio Nicaragua 28 de marzo de 2026

Conjugar sueños y realidad, identidad y práctica, siempre ha sido la apuesta más difícil de cualquier ideología política. Tanto por las expectativas individuales de cada ser humano como, con mayor razón, por un sistema ideológico que debe prever su aplicación práctica para el conjunto de la humanidad.

Las ideologías nacen de las filosofías. Estas tienen como principio inspirador la consecución de la felicidad humana, que se realiza a través de la conexión entre inmanencia y trascendencia, es decir, entre lo que permanece en la realidad y en la naturaleza y aquello que está más allá, por encima o fuera de ellas. Una especie de matrimonio entre materialidad y espiritualidad que debe celebrarse en la construcción de la felicidad terrenal, armonizando el ser y el tener, como diría Erich Fromm.

Las distintas raíces filosóficas han constituido la base formativa de las grandes escuelas de pensamiento nacidas en el siglo XX, que fueron piedra angular de las grandes ideologías políticas que marcaron el mundo. Europa, sede de las dos principales revoluciones – la francesa y la rusa – fue la cuna de la mayoría de las escuelas filosóficas y el lugar de nacimiento de las principales doctrinas: católica, comunista y nazi-fascista. Ambas revoluciones marcaron las principales doctrinas políticas de las que luego derivaron interpretaciones y adaptaciones a distintas identidades territoriales, históricas y culturales. Pero compartieron solo el impulso liberador, porque mientras la francesa – cuna del pensamiento liberal y democrático y acta de nacimiento del capitalismo – concibió el surgimiento de las clases medias y de la burguesía productiva como nuevas clases agente de cambio a las que confiar el capitalismo (los ciudadanos), la rusa quiso llevar al proletariado y al campesinado al papel de protagonistas centrales de la historia, asignándoles una función hasta entonces inimaginable: la de gestores directo del bien público (los soviets).

El sandinismo se inscribe en el árbol genealógico del pensamiento nacionalista, independentista y tercermundista de inspiración socialista. Su elaboración política es hija de la revolución rusa, aunque nunca asumirá, ni ideológica ni prácticamente, el principio fundamental del socialismo de matriz soviética, que prevé la nacionalización de los medios de producción y la prohibición de la propiedad privada. Tampoco se basará en el rechazo de las religiones y de los ritos sincréticos que caracterizó la experiencia socialista en Europa del Este y en la propia Cuba durante décadas. Aunque defensor de un Estado laico, el sandinismo nunca vio contradicción entre fe y política, dada la influencia positiva de la Teología de la Liberación, más que de la ortodoxia reaccionaria de las conferencias episcopales latinoamericanas, y también porque la profunda religiosidad del pueblo nicaragüense no podía ser ignorada.

En el sandinismo existe una lectura de clase (por tanto, marxiana) de los procesos históricos y de las relaciones de fuerza entre clases. La llamada “clase general” marxiana – es decir, la clase motor de la historia y del proceso de transformación, el proletariado industrial – no es mayoritaria ni en el contexto socioeconómico nicaragüense del siglo XX ni en el de la Unión Soviética de 1917: en ambos casos son los campesinos quienes asumen ese papel central.

En otros aspectos, el sandinismo presenta una conceptualización propia que, aun inspirándose en los principios sistémicos del socialismo, incorpora elementos del pensamiento democrático-liberal. La idea de pluralismo político, así como la de una economía mixta, son fruto de una elaboración democrático-liberal que diseña la arquitectura constitucional con la división de los tres poderes – Legislativo, Ejecutivo y Judicial – de manera autónoma y coordinada.

En las políticas sociales, el pensamiento sandinista prevé un papel central del Estado en la economía y su función de garante de políticas equitativas y de reducción al mínimo de las desigualdades. Como plantea el socialismo, y en contraste con las visiones liberales que confían el destino de la sociedad a las oportunidades, disfrazando de racionalidad una concepción darwinista del desarrollo.

Podríamos decir, por tanto, que el Sandinismo toma elementos de diversas corrientes de la ciencia política, tratando de conjugar principios generales con su aplicación concreta en Nicaragua. Como afirmaba Carlos Fonseca, “los sandinistas deben estudiar la historia como marxistas y el marxismo como nicaragüenses”. Una síntesis de realismo político y principios ideales que traza de manera pragmática el camino posible para su afirmación.

En toda la historia insurreccional y guerrillera del FSLN, el panorama en Nicaragua ha sido el de una dominación del latifundio y de un orden político dictatorial en un país dominado desde el exterior y dominante hacia el interior. Su liberación constituye, por tanto, el eje ideológico y político del sandinismo. No es casual que, en las distintas etapas de la historia nicaragüense, la lucha entre el latifundio parasitario y la emancipación de las clases campesina y obrera reaparezca constantemente, desde el siglo pasado hasta hoy.

Podría señalarse un origen esencialmente nacionalista de la doctrina sandinista, en la medida en que concentra su aplicación en Nicaragua. Sin embargo, por la amplitud de su mirada sobre el mundo y su adhesión a principios de valor universal, el sandinismo puede inscribirse plenamente en el ámbito del pensamiento universal, y no ser reducido a un producto meramente interno de una realidad nacional.

No en vano, los principios fundacionales del sandinismo se articulan en cuatro ejes: independencia, no alineamiento, economía mixta y pluralismo político. Podrían vincularse a la tradición del pensamiento liberal clásico, pero el primero – del cual derivan los demás – es una expresión pura del pensamiento socialista e independentista adaptado a la realidad nicaragüense.

Desde un punto de vista académico, la economía mixta se define por la coexistencia de lo público y lo privado, tanto en competencia como en complementariedad. En Nicaragua, donde la generación de riqueza se basa en gran medida en el trabajo familiar e informal, hablar de medios de producción y de su control resulta poco pertinente. Lo que sí tiene sentido es una economía que articula ambos momentos: se genera riqueza con los principios de la economía capitalista, pero se distribuye según los principios de la economía socialista.

Esta capacidad de integrar diversas raíces filosóficas y distintas corrientes doctrinales convierte al sandinismo en una doctrina singular. Integra lo mejor del pensamiento socialista y democrático, y no es casual que haya encontrado afinidades tanto con la Cuba socialista de Fidel como con la socialdemocracia europea de los años setenta y ochenta, representada por líderes como Willy Brandt, Helmut Schmidt, François Mitterrand, Olof Palme y Bruno Kreisky, quienes intentaron conciliar socialismo y democracia liberal.

El sandinismo ha sido y es, ante todo, una idea de nación, de pueblo y de sociedad que recoge las mejores aspiraciones del socialismo y las adapta ideológica y prácticamente a la realidad nicaragüense. Identifica en la titularidad plena del pueblo nicaragüense sobre la nación su objetivo final, y en la soberanía e independencia nacional su condición fundamental.

En el plano de las políticas, esto se traduce en una lectura de los equilibrios posibles entre gobierno, fuerzas sociales y empresa privada. El proyecto sandinista, liberado del peso de las guerras y los embargos sufridos en la primera década revolucionaria, está vigente desde 2007 y responde a una visión estratégica que transforma profundamente – hasta invertirlo – el destino histórico del país.

Nada más herético, podría decirse. Pero también nada más moderno. Porque en la capacidad de adaptar las categorías analíticas, de identificar los cambios de época y de interpretarlos sin renunciar a los valores y principios, reside la capacidad de conexión entre una sociedad y el partido que la representa.

Al final, la cuestión es esta: la Revolución otorgó ciudadanía a los últimos, colocándolos – si no por encima – al menos al nivel de los que siempre fueron los primeros. Asignó a los explotados el papel de clase dirigente, convirtiéndolos en protagonistas del cambio económico, social y político tras la victoria sandinista, tanto a finales de los años setenta como en 2006.

Ahí reside la identidad original y proyectiva del sandinismo y la demostración de que sus raíces ideológicas proceden del acervo del socialismo internacional, tal como se ha manifestado históricamente, adaptado a las formas y tiempos de cada realidad nacional.

Solo las revoluciones que logran sedimentar en el tiempo esta conexión entre principios ideales y procesos sociales concretos pueden sostenerse. Leer críticamente los cambios socio-culturales y buscar constantemente la adecuación entre principios y pueblo es la tarea más difícil.

Se pierde cuando se intenta resistir el cambio por miedo a que la realidad que se pretendía transformar termine transformándonos a nosotros. Se gana acompañando el cambio, aceptando los desafíos políticos y tácticos, pero manteniendo firme el rumbo de los principios, porque los revolucionarios no pueden temer ni al contexto ni a su deber de transformarlo.

Eso enseña Nicaragua: que explorar caminos y oportunidades, con principios firmes y táctica flexible, permite no retroceder nunca. Las revoluciones hacen a los revolucionarios tanto como los revolucionarios hacen a las revoluciones.

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