Opinión: 07/09/2017

Las Dos Campanas de los Cardenales

Autor: Edwin Sanchez

I

El presidente de la Conferencia Episcopal, Leopoldo Brenes, tras ser creado Cardenal, recordó el consejo del primer purpurado nicaragüense, Miguel Obando y Bravo: “No se vaya con el primer campanazo. Cuando le digan algo, asegúrese primero de escuchar las dos campanas”.

Escuchar es bueno. Pero escuchar solo una parte, es pésimo. Mientras más información se tome en cuenta, mejor será la respuesta, la sugerencia o el enfoque.

Sin embargo, aunque suenen no dos, sino todos los campanarios de la ciudad, hay quienes ya predispuestos por su malquerencia hacia alguien o lo que representa –raza, partido, religión, clase social– se van con el primer “din”, sin esperar siquiera el “don” para comprobar si no desafina con la realidad, mucho menos el “dan”.

Es una virtud atender las campanadas que hagan falta, pero ya con las dos campanas que por su experiencia recomienda el cardenal Obando, contribuye a que no se cometa una grave injusticia.

Al rey Salomón le fascinaban los proverbios, pero no los cuentos. Al oír de un gran pleito, ordenó que les llevaran a su presencia a las personas del altercado. Eran dos madres que reclamaban como suya a una criatura viva, después que una de ellas, por imprudencia, asfixió a su hijo mientras dormía. Sabio, escuchó con atención las versiones de cada una.

Es bien conocido cómo el monarca dirimió el delicado asunto, pero mal aplicado por otros: es falso que la “solución salomónica”, a como la han convertido una tradición algunas cortes y jueces de la tierra, sea partir al niño vivo, es decir, el territorio histórico y geográfico de un país, la propiedad o un negocio en disputa, para entregárselo a quien no le corresponde.

No se trata de partir nada, sino de actuar con sabiduría, con amor y justicia, y teniendo en cuenta la base de estas: la verdad. Indispensable es, pues, escuchar a las partes, para resolver el tema con la debida plomada, aunque cueste bastante en un mundo de conciencias desplomadas.

Hay “informadores” que deforman. De ahí que un clérigo, un pastor, un alcalde, un judicial, un ministro, un maestro, un rector, un funcionario público e incluso de oenegés, no deben emitir pronunciamientos, resoluciones, absoluciones o condenas, con solo escuchar una sola, y a veces, interesada fuente.

II

El director de Freedom House habló de una “lista negra” que supuestamente tiene la administración de Estados Unidos, la cual incriminaba, entre otros, al empresario César Zamora.

El señor Carlos E. Ponce posteriormente, al excusarse por la mención del empresario, confesó: “recibí una información equivocada…”.

La pregunta es: ¿quién o quiénes se encargan de “dar “informaciones” malintencionadas para hacer esas “listas” que si no cuajan, se las arropa con el eufemismo de “equivocadas”?

Como en el reino de los efímeros hay quienes les gusta calumniar, soltar cualquier barbaridad contra alguien, una etnia y hasta un país, Dios tuvo que incluir en el Decálogo, el fundamental: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. Por supuesto, una persona con valores practicará el Noveno Mandamiento.

Hay que recordar que esto de las “listas negras” es un mal hábito en algunos operadores de la derecha agria. Las manufacturan, las divulgan para lapidar mediáticamente, en primera instancia o plana, a los que más odian, y las pasan al exterior. Si al final no ocurre nada, porque los destinatarios son más honorables que sus corresponsales, simplemente se lavan las manos.

La inicial “lista negra” la fabricaron, en 2005, funcionarios y editores de “La Prensa” en contubernio con la cúpula gubernamental del ingeniero Enrique Bolaños, algunos de ellos hoy esparcidos en distintas siglas políticas de oposición o afines a las posiciones más radicalistas.

En esa oportunidad, el autoproclamado diario “independiente” trató de asesinar alegremente la reputación de casi 90 personas, a las cuales las acusó de haber “perdido la visa a EE.UU. por supuestos nexos con actos terroristas y de corrupción”.

Wikipedia señala que “Los promotores del asesinato de reputaciones para lograr sus fines emplean una combinación de métodos abiertos y encubiertos como son la formulación de acusaciones falsas, fomento de rumores y la manipulación de informaciones”.

Como si se tratara de cualquier listado V.I.P. para ir al Estadio a ver la inauguración de una liga de béisbol que no se dio, los que se consideran dueños de la verdad salieron “disculpándose”: “‘La Prensa reconoce el error en esta información y ofrece sus disculpas a las personas que sin razón aparecen en la lista, que han sido perjudicadas por esta publicación, así como a nuestros lectores’, señaló el jefe de redacción del periódico, Eduardo Enríquez, en primera plana”, reportó AFP.

Más allá de lo indecente y perverso que es elaborar “listas negras”, y al margen de la catadura moral que reflejan los encargados de prepararlas, el mero acto en sí es un homenaje póstumo a una de las ruindades que caracterizó al somocismo. Sus 45 años en el poder se sostuvieron en buena medida por la “afición” de los Somoza, sus jefes políticos, la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), el diario “Novedades” y la Guardia Nacional, de tener un índice de “indeseables”, renovable en el tiempo.

III

La calidad del informante es primordial junto con las voces óptimas, para no escarnecer a nadie o adoptar decisiones atropelladas, al calor de las filias y las fobias.

Gabriel García Márquez testimonió en 1983: “La jerarquía eclesiástica de México no se distingue por su mentalidad progresista, y no era probable que sus informaciones le permitieran al Papa colocarse del lado de los justos en su primer viaje a las Américas. Así debió ser, en efecto, porque hubo una diferencia muy grande entre el discurso que pronunció el Papa con motivo de su llegada y el que pronunció después de que vio con sus propios ojos la miseria de ciertas provincias mexicanas”.

“Cuando visitó más tarde Brasil, en cambio, Juan Pablo II se comportó como un buen pastor, bien informado sobre la realidad gracias a la sensibilidad social de los obispos brasileños influyentes, entre ellos don Helder Cámara, desde luego, y don Paulo Evaristo Arns, cardenal de Sáo Paulo. Ojalá que el mismo Dios que ha querido que el Papa baje ahora a los infiernos de América Central haya querido que sus informadores hayan sido más justos”.

Bueno, ahí está la Historia. Escuchar las dos campanas hubiera contribuido a evitar en Nicaragua el rugir de los fusiles en las montañas y el toque de clamor en los campanarios del pueblo.

Si ya es patético ser influenciado por la “parte agria del mundo”, peor sería ser contado entre las filas de la agrura. Su fracaso ya está escrito. Rubén Darío lo supo muy bien: “Mientras tenéis, ¡oh negros corazones!, / conciliábulos de odio y miseria, / el órgano de Amor riega sus sones. / Cantad; oíd: «La vida es dulce y seria»”.